CARTAS DE AMOR DE ENRIQUE Vlll A ANA BOLENA
La pasión de Enrique Xlll por Ana Bolena dejó un total de 17 cartas de amor, unos documentos excepcionales que manifiestan sus deseos de besarla y ofrecerle su corazón.
La obsesión de Enrique por Ana, así como su deseo de engendrarle un hijo varón, le llevaron a pedir al papa Clemente Vll la anulación del matrimonio con Catalina de Aragón.
El 5 de enero de 1531, el papa escribió al rey, prohibiéndole volverse a casar y amenazándole con la excomunión. Una simple petición de anulación de un matrimonio se convirtió en «El Gran Asunto del rey», con el resultado de la caída del cardenal Wolsey, la ruptura de Inglaterra con Roma, su declaración de que «era el único protector y cabeza de la Iglesia de Inglaterra y de sus clérigos» y la ejecución de Tomás Moro, John Fisher y los monjes cartujos que se negaron a prestar el juramento de la supremacía. Y hubo boda... Enrique VIII se casó con Ana Bolena en una ceremonia secreta el 25 de enero de 1533 y el matrimonio fue declarado válido el 28 de mayo de 1533, unos días antes de su coronación como reina de Inglaterra.
De este matrimonio nació Isabel, bautizada con ese nombre en recuerdo de la madre del rey, Isabel de York. Ana fue incapaz, como Catalina, de darle a Enrique un hijo varón. Sería acusada de adulterio con varios hombres, e incluso de incesto con su hermano Jorge Bolena y traición.
Por desgracia, para ella, este amor eterno que Enrique VIII le jura, fue efímero. El rey deseaba ser libre para actuar a sus placer con Jane Seymur que ya era su amante.
El día de su ejecución, Ana llevaba puesta una enagua roja debajo de un vestido gris oscuro de damasco adornado con pieles. Su pelo iba recogido. Hizo un breve discurso ante la multitud congregada. Fue decapitada el 19 de mayo de 1536. Le cortaron la cabeza con una espada de doble filo, pues se consideró que el hacha no estaba a la altura de su dignidad. Se puso de rodillas y quedó erguida. Le vendaron los ojos. Ella siguió rezando y encomendando su alma a Dios. Sus damas le quitaron el tocado. De acuerdo con la leyenda, el verdugo sintió piedad de Ana, y parece que dijo algo así como «traedme la espada» mientras ésta ya volaba hacia su cuello, y así ella no supiera que ya estaba en camino.
Llevaron su cuerpo a St. Peter ad Vincula, donde la enterraron en una tumba anónima.
Carta I
(....)
Suplicándoos con ansiedad que me dejéis conocer vuestro pensamiento al
completo sobre el amor que existe entre nosotros. Es vital para mí
obtener esta respuesta, he pasado un año entero herido por los dardos
del amor y sin saber si voy a encontrar un lugar en vuestro corazón y
afecto, lo que, en último término, me ha prevenido hasta ahora de
llamaros mi amante; si solamente me amáis con un amor corriente, ese
nombre no es adecuado para vos, porque eso no denota un amor singular
como el mío, que está muy lejos de ser común.
Carta IV
Mi
amante y amiga, mi corazón y yo, rendidos, nos ponemos en vuestras
manos, suplicándoos que nos encomendéis a vuestra gentileza y que por
culpa de la ausencia vuestro afecto por nos no se vea disminuido, pues
sería una gran pena incrementar nuestro dolor, del cual la ausencia
produce suficiente y más del que nunca pensara pudiera sentirse,
recordándonos un punto que en astronomía es este: cuanto más largos los
días son, el sol está más lejano y, sin embargo, abrasa más. Así ocurre
con nuestro amor, pues la distancia que mantenemos aún aumenta su
fervor, al menos por mi parte. Espero que ocurra lo mismo por la
vuestra, asegurándoos que el dolor de vuestra ausencia es ya tan
demasiado grande para mí, que cuando pienso en que se incremente, se
volverá intolerable, aunque tengo la firme esperanza de mantener vuestro afecto imperecedero por mí.
Carta VI
Desde mi partida de vuestro lado, me han contado que vuestra actitud
hacia mí ha cambiado totalmente y que no volveréis a la corte ni con
vuestra madre ni de cualquier otra manera. Lo que, si es cierto, no
puede verdaderamente dejar de sorprenderme, porque estoy seguro de no
haber hecho nada para ofenderos y parece un pago muy pobre para el gran
amor que os tengo mantenerme a distancia tanto del habla como de la
persona de la mujer que más estimo en el mundo. Y si vos me amáis con el
mismo amor que espero que tengáis, estoy seguro que la distancia entre
los dos será un poco irritante para vos, aunque no suponga lo mismo para
la amante que para el sirviente

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