ANAÏS NIN Y HENRY MILLER, LIBERACIÓN SEXUAL

A principios de 1930, Anaïs se encuentra con el escritor estadounidense Henry Miller en los suburbios de París. Ambos están casados, sin embargo esto no es obstáculo para tener una aventura amorosa.
La pasión que se desata entre ellos ayuda a Anaïs a liberarse de sus ataduras religiosas y sociales.
La pareja encarna las primeras premisas de la liberación sexual mientras que la correspondencia que mantienen se alimenta de fuertes declaraciones eróticas y ardientes.
La relación erótico-literaria de Henry Miller, el bohemio y Anaïs Nin, la refinada, trascendió los límites del sexo, haciendo perdurar su alianza durante años, a pesar de los diferentes reveses de la vida y el inevitable distanciamiento posterior. Nunca renunciaron al intento de entenderse y explorarse, el uno a través del otro. Y fue precisamente este entendimiento mutuo lo que se convirtió en su verdadero gran amor.

Correspondencia de Anaïs a Henry 

 Louveciennes 11 de junio de 1932

Henry:
Cosas que olvidé contarte: la quena es un instrumento parecido a la flauta que usan los indios de Sudamérica. Está hecho con huesos humanos. Tiene su origen en la adoración de un indio por su amante. Cuando ella murió, el indio hizo una flauta con sus huesos. Tiene un sonido más agudo, más persistente que la flauta ordinaria.
Que te quiero, y que cuando me despierto por las mañanas, utilizo mi inteligencia para descubrir nuevas formas de apreciarte...
Que te quiero.
Que te quiero.
Que te quiero.
Me he convertido en una idiota... Eso es lo que el amor hace a las mujeres inteligentes. Ya nunca más pueden escribir cartas.
Anaïs.
 

Correspondencia de Henry a Anaïs

Queridísima Anaïs:
Tienes un sentido del humor delicioso; lo adoro. Quiero verte reir siempre. Te lo mereces. He pensado en sitios a donde deberíamos ir juntos, sitios oscuros, aquí y allí, en París, por el simple hecho de decir "aquí vine con Anaïs", "aquí comimos, bailamos o nos emborrachamos juntos".
¡Ay!, verte borracha alguna vez, ¡qué privilegio!, casi me da miedo de proponértelo
; pero Anais, cuando pienso cómo aprietas contra mí, cuán ansiosamente abres las piernas y qué humeda estás, Dios, me vuelvo loco de pensar en cómo serías cuando todo se disuelve. Ayer pensé en ti, en cómo ciñes las piernas en torno a mí, de pie, en cómo se tambalea la habitación, en cómo caigo sobre ti en la oscuridad sin saber nada. Y me estremecí y gemí de placer.
Pienso que si he de pasar todo el fin de semana sin verte, resultará intolerable. Si es preciso, iré a Versailles el domingo, lo que sea, pero he de verte. No temas tratarme con frialdad. Me bastará con estar cerca de ti, con mirarte admirado. Te quiero, eso es todo.


 "Vino Henry. Me senté en el sofá y, en voz baja, le hice mis reproches, una larga acusación (...) Y me tendió en el sofá y me tomó sencillamente, con una mezcla de hambre y ternura, deteniéndose para decir: 'Dios mío, Anaïs, ¿no sabes cómo te amo?'".

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